Ministerio con los Indigentes del Malecón

Por Mario Matos

 

En nuestra ciudad hay un lugar de mucho dolor que muchos ignoran. Es lo que conocemos como el “Malecón” (un área de hoteles y restaurantes a la orilla del mar caribe done los capitaleños van a recrearse).  Allí hay una gran cantidad de personas indigentes de todas las edades.  Todos tienen historias diferentes de cómo terminaron allí, viviendo en las calles, comiendo de la basura, mendigando, drogándose, emborrachándose y algunos prostituyéndose para apagar su dolor y para sobrevivir.

 Miriam Espinal, una de las participantes de la Estrategia de Transformación, comenzó relacionarse con algunos de los jóvenes conocidos como los “Palomos.”  Su deseo esta comunicar el amor de Cristo a estas personas en una forma relevante.  Además de compartir con ellos el mensaje del evangelio, Miriam comenzó a servir a estos chicos como si fuesen sus propios hijos.  Ella muestra un interés genuino en ellos, los busca, les escucha, los defiende, les provee para algunas de sus necesidades, aunque muchas de sus propias necesidades no están satisfechas.

Pronto, su ministerio comenzó a ser notado por otros que sentían el deseo de hacer algo, pero que no se atrevían o no sabían cómo hacerlo, los cuales se unieron a ellos.  Juntos, han dado inicio al Ministerio Evangelístico Rescatando Valores para Cristo.  Miriam y sus compañeros procedentes de diferentes iglesias de la ciudad dicen, “aunque el resto de la ciudad piensa que estas personas no tienen valor, nosotros pensamos que sí tienen, y mucho; solo tienen que ser rescatados.”

Hace unas semanas, tuve el privilegio de acompañar a Miriam y a sus compañeros en una de sus reuniones.  Era una brillante mañana del día sábado, con el mar azul como fondo de escenario, comenzaron a llegar decenas de jóvenes y adultos.  Por la forma en que estaban vestidos, algunos con harapos, otros estaban cojeando, algunos tenían cicatrices, otros olían a alcohol, vi otros que visiblemente tenían trastornos mentales, niños y ancianos, comenzaron a conglomerarse en el lugar y eran recibidos con besos, abrazos y saludos llenos de amor.  Me di cuenta que esa era la gente a la que estaban ministrando.  Adoramos al Señor con canciones mal entonadas, me pidieron compartir la palabra y terminamos comiendo juntos y compartiendo experiencias e historias personales.  Algunas de las historias que escuché tocaron mi corazón y me conmovieron profundamente.  Ese fue el mejor servicio de adoración al que había asistido en años.

Con muy pocos recursos, Miriam y su grupo sirven a esta comunidad, ayudando a algunos a conseguir ayuda profesional, vestido, techo, pan, medicina.  Miriam me dice.  “No muchas personas quieren hacer este tipo de ministerio.  Algunos me dicen que estamos perdiendo nuestro tiempo.  Pero lo hacemos porque sabemos que Cristo vino a buscar y salvar a estas personas que están perdidas, desamparadas y dispersas, como ovejas que no tienen pastor.” ¡Cuánta razón tiene!

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